En un país de locos, el presidente del gobierno se rinde a la mafia terrorista e insulta, persigue y ningunea a las víctimas de esa mafia.
En un país de locos, el Fiscal General del Estado solicita, por motivos humanitarios, la libertad de un sociópata con veinticinco muertos a la espalda.
En un país de locos, gobiernan señores que llaman “hombre de paz” al mayor carnicero de la democracia, y “fascistas” e “intolerantes” a las víctimas de ese delincuente.
En un país de locos, se denomina “conversación de paz” a la rendición sin condiciones ante un banda de malhechores.
En un país de locos, el gobierno trata de ocultar la verdad de lo ocurrido en el atentado más grave sucedido en Europa y que fue causa directa de su victoria electoral.
En un país de locos, el hermano de un ministro caricaturiza al presidente de una asociación de víctimas del terrorismo diciendo que le tocó la lotería cuando mataron a su familia.
En un país de locos, las regiones se empeñan en secesionarse argumentando derechos más propios de “Alicia en el país de las maravillas” o “El señor de los anillos”.
En un país de locos, el presidente de una región
envía a un embajador a la capital y el ministro de Asuntos Exteriores le recibe en calidad de representante internacional de una potencia extranjera.
En un país de locos, las regiones legislan apropiándose de competencias exclusivas del Estado.
En un país de locos, se crean estatutos de autonomía inconstitucionales e ilegales.
En un país de locos, las regiones se inventan a la carta su historia y geografía para obligar a sus niños a estudiarlas.
En un país de locos, el gobierno trata de extirpar cualquier elemento representativo de su propia identidad como nación.
En un país de locos, el gobierno se alía con países extranjeros regidos por sátrapas, dictadores, cocaleros y delincuentes siempre que sean de izquierdas.
En un país de locos, se mantiene en el puesto a una ministra de Vivienda que lo único que se le ha ocurrido para solucionar el grave problema que la compete son las soluciones habitacionales de treinta metros cuadrados.
En un país de locos, se trata de combatir a la sequía proponiendo que nos lavemos menos.
En un país de locos, un consejero de una región que se reunió con terroristas y que fue cesado por ello, vuelve a ser consejero de la misma región simplemente porque ha obtenido un 14,06 % de representación.
En un país de locos, se ataca desde el Estado las creencias religiosas y morales de muchos ciudadanos por ser contrarias a las de los que gobiernan.
En un país de locos, se jalea la ocupación de propiedades privadas porque las autoridades responsables se consideran “antisistemas”.
En un país de locos, esa supuesta “antisistema” cobra como concejala más que el presidente del Gobierno.
En un país de locos, se permite y fomenta la entrada masiva de inmigrantes desestabilizando la economía, la sociedad y la seguridad.
En un país de locos, la legislación sólo se cumple si le conviene al que gobierna.
En un país de locos, se desentierra a los muertos de un bando contendiente en la Guerra Civil renegando de los del otro. Y, además, se promulga una ley de memoria histórica que sólo reivindica a uno de los bandos.
En un país de locos, se empeñan en condenar a una generación de jóvenes al analfabetismo funcional, al alcoholismo y al paro, para obtener más borregos que les perpetúen en el poder.
En un país de locos, el presidente de una región que es imputado por reunirse con una organización ilegal se pasa al poder judicial por el arco del triunfo y anuncia que seguirá delinquiendo.
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Pues tiene usted razón, señor Ibarretxe, parece que éste sí que es un país de locos.